De la ceniza al vino: el renacer de Etna y Marsala en Sicilia
Dos regiones sicilianas, Etna y Marsala, dejan atrás su pasado industrial para convertirse en referentes del terroir.
Entre la lava del volcán Etna, al noreste de Sicilia, y las llanuras salitrosas de Marsala, al oeste, hay más de 200 kilómetros de distancia y un abismo de historia. Ambas regiones comparten un pasado como gigantes vitivinícolas industriales, pero hoy están escribiendo un nuevo capítulo: el del vino de terroir. Para el chileno que viaja a Italia, esta es una historia que vale la pena conocer, aunque sea desde la copa.
Etna: el gigante dormido que despertó
En el siglo XIX, las laderas del Etna estaban cubiertas por más de 90.000 hectáreas de viñedos en terrazas, alimentando un imperio que exportaba vino a toda Europa. La filoxera, a finales de ese siglo, lo borró casi todo. Hoy, según datos de 2024, apenas quedan 1.347 hectáreas plantadas. Pero lo que se perdió en cantidad se ganó en calidad.
La Denominación de Origen Controlada (DOC) de Etna, la primera de Sicilia, data de 1968. Detrás de esa conquista estuvo Carlo Nicolosi Asmundo, novena generación de Barone di Villagrande, la bodega en operación continua más antigua del volcán, fundada en 1727 en la comuna de Milo. Carlo, profesor de enología en la Universidad de Catania, redactó las reglas de producción y logró una subzona exclusiva para Milo: el Etna Bianco Superiore. Allí, la lluvia duplica al resto de Sicilia y la uva Carricante produce vinos de acidez eléctrica y estructura fina.
Marsala: del fondo del pozo a la mesa de los entendidos
Al otro lado de la isla, en Trapani, Marsala tuvo su edad de oro en los siglos XVIII y XIX con sus vinos fortificados, pero cuando recibió su DOC en 1969, su reputación ya estaba por el suelo. La recuperación comenzó en los años 80, de la mano del enólogo Marco De Bartoli. En su finca Baglio Samperi, De Bartoli rescató barricas de Grillo que databan de 1903 y las integró a un sistema de vino perpetuo, similar a una solera española. En 1980 lanzó Vecchio Samperi, un Grillo seco sin fortificar que sorprendió por su profundidad. No fue un éxito comercial inmediato, pero marcó un antes y un después.
En 1984, las reglas de la DOC Marsala se actualizaron para eliminar las versiones saborizadas de baja calidad y establecer categorías de añejamiento claras. Al año siguiente, De Bartoli lanzó su primer Marsala etiquetado, Vigna La Miccia Marsala Superiore Oro, fermentado en acero inoxidable, con frescura y floralidad que conquistaron a un público cansado de los vinos dulces genéricos. Sin embargo, la verdadera transformación tardaría 40 años más en consolidarse.
Hoy, los productores apuestan por la especificidad clonal de la Catarratto, reemplazando la variedad de alto rendimiento por la Catarratto Bianco Lucido, de menor producción pero mayor acidez y tensión mineral. La Grillo, por su parte, cruce de Catarratto y Zibibbo, ofrece un perfil fresco con notas de durazno blanco y brisa marina, especialmente cuando se cultiva en la laguna Stagnone, al norte de Marsala. Una iniciativa reciente, Salt West, reúne a tres Masters of Wine —Gabriele Gorelli, Pietro Russo y Andrea Lonardi— para promover precisamente ese Grillo de la laguna. Para el viajero chileno, Sicilia no tiene vuelo directo desde Santiago, pero con escala en Roma o Madrid se llega en unas 18 horas. Y si no se puede ir, siempre queda pedir un Etna Bianco o un Marsala seco en la botillería: el terroir también viaja.
Con información de Decanter
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