Chandon llegó a Mendoza en 1959 y el sur de Chile tomó su propio camino
Moët & Chandon eligió Argentina para su primera bodega foránea; hoy el Pacífico y los lagos sureños marcan la diferencia chilena.
Cuando Moët & Chandon decidió abrir su primera bodega fuera de Francia, miró hacia Sudamérica. Chile hacía vino espumoso desde 1879, Argentina desde 1902 y Brasil desde 1913; los tres países estaban sobre la mesa. Pero tras cosechas experimentales a fines de los años 50, la casa de Champagne se quedó con Mendoza y en 1959 fundó Chandon Argentina en Luján de Cuyo. Diez años después, en 1973, llegó su hermana brasileña. Fueron de las primeras grandes inversiones vitivinícolas modernas del continente, y el detalle no es menor: apostaron por burbujas.
El Pacífico como refugio
Mientras Argentina consolidaba su producción en Mendoza, Chile buscó frescura en la costa. La corriente de Humboldt enfría los viñedos de Limarí, San Antonio, Casablanca y Aconcagua, y es ahí donde hoy están algunos de los viñedos clave para el espumante chileno. No es casualidad: la baja temperatura fija acidez vibrante y frescura en la fruta.
Al sur, la frontera se corre todavía más. La zona del Secano Interior lleva más de una década como foco del espumante de uva País, gracias a proyectos como Estelado, de Miguel Torres. Pero Torres y otros productores han ido más lejos, mirando hacia Malleco, Osorno y Lago Ranco. Esas regiones de lagos volcánicos, más frías y húmedas, entregan estilos más nerviosos, con acidez más marcada y mayor tensión.
Más allá de Chile
En Argentina, la búsqueda de clima frío empujó a los productores hacia la Patagonia, sobre todo Chubut, donde Otronia elabora algunos de los espumantes más sofisticados del continente. Gualtallary, en el Valle de Uco, fue pionera en esto: Chandon plantó ahí en 1990 a más de 1.200 metros, con Chardonnay y Pinot Noir destinados a burbujas, mucho antes de que la zona se hiciera famosa por su Malbec.
Brasil, por su parte, tomó el espumante como emblema. En Pinto Bandeira, Família Geisse ayudó a definir el único DO sudamericano dedicado por completo a este estilo. Los espumantes brasileños de método tradicional tienden a ser autolíticos, tostados y sabrosos, mientras que la inmigración italiana dejó huella en el Moscatel, la respuesta alegre a los estilos Asti, y en vinos de método tanque inspirados en el Prosecco.
Toda esta producción tiene un destino claro: el mercado local. Sudamérica celebra con burbujas, y la mayor parte de lo que se produce se queda en casa. Pero a medida que Argentina, Chile, Brasil y Uruguay ganan renombre afuera, algunos de sus mejores espumantes empiezan a cruzar fronteras. Para el viajero chileno, la buena noticia es que gran parte de esta historia se puede recorrer sin salir del país: de los viñedos costeros de Casablanca a los lagos del sur, o cruzando la cordillera hacia Mendoza, donde todo comenzó.
Con información de Decanter



