Limoges, la cuna del esmalte y la porcelana que espera a los viajeros
Un recorrido por museos y talleres de Limoges revela cómo un santo, el caolín y el fuego transformaron esta ciudad francesa en referente mundial.
Adentrarse en el centro de Limoges, en el corazón de Francia, es caminar entre capas de tiempo que van de la Edad Media a la Revolución Industrial. La ciudad se levantó alrededor de dos oficios que le dieron fama: el esmalte y la porcelana, y por eso se la reconoce como la capital de las artes del fuego.
La historia local tiene un punto de partida espiritual. Martial, un evangelizador que recorrió las Galias, murió a mediados del siglo III en la ciudad de los Lemovices y fue enterrado ahí. Sus reliquias atrajeron peregrinos, y el lugar creció como centro religioso mientras sus esmaltes ganaban fama en el mundo cristiano. Limoges se convirtió en una etapa del Camino de Santiago, y los peregrinos europeos difundieron el prestigio de esas piezas por todo el continente.
Esmaltes con denominación de origen medieval
El guía local Eric Boutaud acompaña caminatas interpretativas por la ciudad y asegura que la colección del Museo de Bellas Artes, instalado en el antiguo palacio obispal, rivaliza con las del British Museum o el Hermitage de San Petersburgo. Son más de 1.200 piezas desde el siglo XI hasta hoy. En sus visitas destaca los esmaltes champlevés, una técnica nacida hacia 1130 en Limoges que tuvo tanto éxito que cada obra se identificaba como opus lemovicense, una denominación de origen muy anterior a la porcelana o a las protecciones industriales modernas.
Una pequeña medalla azul de tres centímetros de diámetro, con motivos geométricos, hecha en torno al año 1000, es la pieza más antigua del museo. También hay relicarios medievales y esmaltes pintados del Renacimiento, sobre todo los de Léonard Limosin, artista del siglo XVI que logró retratos de un realismo revolucionario para su época sobre placas de cobre. La tradición no quedó congelada: en la catedral Saint-Étienne de Limoges se puede admirar la virgen negra Notre-Dame de la Pleine Lumière, una obra única íntegramente en esmalte creada por Léa Sham’s y Alain Duban.
El caolín que transformó la ciudad
El salto a la porcelana llegó con un hallazgo fortuito. Hacia 1760, un cirujano de la región pidió analizar la tierra blanca que su esposa usaba para lavar la ropa. Era caolín casi puro, la materia prima de la porcelana, y el rey Luis XV en persona impulsó su producción en los talleres de Sèvres. Limoges quedó a pocas decenas de kilómetros de las canteras y con bosques cercanos para alimentar los hornos, así que el oficio creció rápido.
Ese desarrollo se cuenta en el Museo Nacional Adrien Dubouché, que funciona en un antiguo hospital para enfermos mentales y es hoy el mayor museo del mundo dedicado a la porcelana. Debe su nombre a un mecenas del siglo XIX que creó la primera colección de piezas producidas localmente. Ahí, la Revolución Industrial se ve en el paso del tren y las máquinas de vapor, que transformaron a Limoges en una ciudad de crecimiento exponencial mientras ganaba prestigio artístico.
Desde Chile, la ruta es con escala
Para el viajero chileno, Limoges no tiene conexión directa desde Santiago. La opción habitual es volar hasta París y desde ahí continuar por tierra o aire. La misma línea ferroviaria que une París con Toulouse hace su principal parada intermedia en la monumental estación de Limoges, así que el viaje en tren también es parte de la experiencia.
Con información de La Nación (AR) Turismo
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