Mallorca y su tapeo: la ruta de los bares que alimentan el orgullo isleño
Desde Palma a Manacor, el variat, el tumbet y los bares históricos definen la cocina de la mayor isla de Baleares.
Mallorca, la más grande de las Islas Baleares, en España, suele venderse como un destino de sol y playa, pero su cocina pesa tanto como su litoral. Hay tumbet, frito mallorquín, sopas payesas y una red de bares de tapeo que sostienen tradiciones anteriores al turismo masivo. Para el viajero chileno, se trata de una parada clásica en un circuito europeo, donde la gracia está en moverse entre bares, caña en mano, probando platos que no aparecen en las guías de moda.
La herencia del variat
La tradición del variat se remonta a los trabajadores del campo, que comían pequeñas raciones de encurtidos, ibéricos y platos calientes como callos o manitas entre faena y faena. En Sa Pobla, municipio de Mallorca (Islas Baleares), Cas Cotxer convirtió esa costumbre en su sello con un bocadillo que tiene legiones de seguidores: el llonguet de variat. El relleno mezcla callos, hígado guisado, ensaladilla rusa y calamar en un mismo pan, una combinación que, pese a lo caótica, resulta adictiva.
Esa filosofía de aprovechamiento hortícola y marino se repite en toda la isla. Los fritos, el tumbet y las sopas mallorquinas son la base de una cocina que no necesita aderezos modernos para convencer, y que se apoya en ingredientes locales como el porc negre, de tronco ibérico, y un aceite de oliva protagonista.
Tres bares con historia y barrio propio
En Palma, capital de la isla, el Bar Espanya es leyenda. Tiene dos locales y una barra que rota entre llonguets, cocas y pinchos de temporada, con raciones que pasan de lo típico a lo creativo. Más al este, en Manacor, municipio de la isla, el Bar Mingo lleva más de 40 años en la Plaza de Ramon Llull. Ahí el plan es unir una caña con un pepito o un pa amb oli, aunque el fuerte son sus tumbets y fritos, servidos en cazuelas que cambian cada día.
La capital también guarda un caso curioso: el Bar Flexas, con licencia de 1944, fue resucitado en 2004 en el antiguo barrio chino. Conserva suelo hidráulico y columnas de hierro, tiene un ambiente abiertamente gay-friendly y una cocina de tapas que juega con los sabores isleños. Para un chileno que ya haya pateado Madrid o Barcelona, estos lugares entregan una mirada más profunda del Mediterráneo, donde una sobremesa vale tanto como cualquier playa.
Y si de dulces se trata, la isla no se queda atrás: los bunyols les verges y el pastel Cardenal Lloseta se elaboran en confiterías locales, perfectos para cerrar la ruta. Para un chileno, Mallorca pide armar un viaje con días de sobra: la distancia desde Sudamérica no permite escapadas de fin de semana, así que lo mejor es sumarla al final de un circuito por Madrid o Barcelona, y dedicarle al menos dos jornadas para comer de bar en bar.
Con información de Directo al Paladar
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