Azcuénaga: el pueblo argentino que resucitó en torno a la cocina
A 100 km de Buenos Aires, este poblado de 350 habitantes se convirtió en un destino gastronómico rural que atrae a viajeros chilenos.
Azcuénaga, en la provincia de Buenos Aires, Argentina, es un pueblo que parece detenido en el tiempo, pero que en las últimas dos décadas encontró en la gastronomía un motor para volver a la vida. Con apenas 350 habitantes, sus calles de tierra, casonas centenarias y un silencio solo interrumpido por pájaros y perros, recibe los fines de semana a viajeros que llegan en moto o auto para almorzar en alguno de sus 10 restaurantes. Para un chileno, no hay vuelo directo hasta acá: hay que llegar a Buenos Aires y manejar 100 km hacia el noroeste, pero la recompensa es una experiencia de campo con platos que valen el viaje.
Un menú que cuenta historias
La oferta gastronómica de Azcuénaga es una constelación de historias familiares. En La Porteña, Analía Capecci y sus hijos Federico y Juan Manuel Gómez sirven pastas famosas y un ossobuco con risotto de calabaza que no pasa desapercibido. Almacén C&T, de Lucas Coarasa, funciona en la antigua Casa Terren (abierta en 1912) y ofrece parrilla y picadas en salones repletos de recuerdos ferroviarios. Cucina de Santo, de Salvatore Di Santo y su mujer Ángeles, transporta a Nápoles con sus orecchiette y platos de mariscos.
Otra parada obligada es Lo de Grace, donde Robertino Yacoy y su madre Graciela Deminicis abrieron hace un año y medio un restaurante de parrilla y pasta libre con ñoquis de batata rellenos de mozzarella y empanadas de primera. Eso sí: hay que reservar, sobre todo los domingos, para no quedarse con las ganas. Y para los que buscan un toque francés, Le Four, ahora mudado, mantiene el cordero con ciruelas y el magret de pato que la cocinera Vanesa Plaza aprendió del chef Sébastien Fouillade.
Dormir entre campos y tradiciones
Si la idea es quedarse, Azcuénaga ofrece varias opciones de alojamiento. La Piamonte, diseñada por el arquitecto José María Yanes, es una mezcla de arquitectura antigua y confort moderno instalada en lo que fuera la Fonda de Sforzini de 1903. También está la hostería La Magnolia, en una vieja casona rural; las modernas cabañitas de Rancho Aparte con pileta (pronto climatizada), y la casa El Nido. Más alejados, Los Vagones de Areco son otra alternativa.
De día, el pueblo se recorre a pie: en pocas cuadras aparece el campo abierto, con caminos rurales ideales para bicicletas y motos. La panadería La Moderna, fundada en 1917, hornea galletas de campo en horno a leña desde las 3:30 AM, y cada año celebra su propia fiesta (el 13 de septiembre) con competencia de galletas entre pueblos vecinos. Los fines de semana, la capilla Nuestra Señora del Rosario (inaugurada en 1907) abre sus puertas, y Ramona Lescano, que la cuida hace 20 años, muestra el Vía Crucis donado por un artista local para que los niños pudieran ver a Jesús.
Azcuénaga no quiere ser un destino de turismo gastronómico descontrolado, como ha pasado en otros pueblos de la zona. Por eso, la oferta se regula con cuidado. Pero para quien busca escapar del ruido y comer bien, este rincón de la pampa argentina es un hallazgo que vale la pena conocer.
Con información de La Nación (AR) Turismo
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