Safari en Tanzania: la gran migración de los ñus y las tribus
Una viajera de 87 años se convierte en 'Bibi' durante un safari de 15 días por los parques de Tanzania.
La camioneta se detiene a orillas del río Mara, en Tanzania, y el guía apaga el motor. Del otro lado, miles de ñus dudan antes de cruzar. De pronto, uno se lanza al agua, y en segundos la manada entera lo sigue, en una avalancha de polvo y agua marrón. Nadie da la orden.
Adentro del vehículo éramos cuatro. Cuando el cruce terminó, recién sentí una mano que se apoyaba en mi brazo: era la mano de mi madre, de 87 años. La noche que llegamos al aeropuerto de Kilimanjaro, nuestro guía Robat la recibió tomándole las dos manos y le dijo «Bibi», que en suajili significa abuela.
Un circuito por parques y tribus
En quince días recorrimos el circuito de los parques de Tanzania. Primero fue el parque nacional Tarangire, en Tanzania, donde los baobabs dominan el paisaje y donde las manadas de elefantes se organizan en torno a una matriarca: la hembra más vieja decide las rutas, recordando dónde hubo agua en sequías pasadas. Las crías van en el medio, protegidas por las adultas.
Después vino el parque nacional Serengeti, en Tanzania, la sabana infinita donde la migración de ñus y cebras se mueve todo el año. No es un evento programado: hay que tener paciencia. Dormimos en un campamento junto al río Mara, dentro de carpas de lona, y de noche los rugidos de leones sonaban cada cinco minutos a unos 500 metros, según nuestro guía. A la mañana, mi madre pidió que sacaran una araña pollito de la carpa; el guardia la atrapó y la soltó afuera, sin matarla.
El contraste llegó con el cráter Ngorongoro, en Tanzania: una caldera volcánica que alberga a unos 25 mil animales que no necesitan migrar. Aquí vimos rinocerontes negros, a lo lejos, y tuvimos que almorzar adentro del auto porque los milanos, unas aves rapaces, se lanzan en picada para robar el sándwich de la mano.
La herencia viva de los pueblos
El viaje también fue un encuentro con culturas que resisten el paso del tiempo. En el valle del lago Eyasi, en Tanzania, conocimos a los hadzabe, uno de los últimos pueblos cazadores-recolectores del mundo: quedan alrededor de mil, solo una parte sigue con ese estilo de vida, no tienen jefes ni calendario, cazan con arco y recolectan frutos de baobab. Lo que cazan se reparte entero el mismo día.
Junto a ellos, los datoga, pastores y herreros que funden metal en fraguas de barro. Las mujeres usan vestidos de cuero bordados y tatuajes de puntos alrededor de los ojos. Finalmente, los masáis, en las tierras altas entre el Meru y el Kilimanjaro y en el lago Natron, al pie del volcán sagrado Ol Doinyo Lengai. Su riqueza se mide en ganado e hijos; viven en círculos de casas de barro y ramas, con los animales al centro, protegidos por un cerco de espinos.
Para un chileno, este safari es una travesía lejana, que se arma con operadores locales. Deja una lección: allá, la edad no se oculta, se respeta, y hasta un grupo de elefantes sabe que la memoria de la más vieja vale más que la fuerza.
Con información de La Nación (AR) Turismo
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